PRESENTACIÓN
“FRANCISCO DE GOYA. AUTORRETRATO Y AUTOINMUNIDAD: UN DIÁLOGO INESPERADO”

El doctor Andrés Carranza, ya habitual en esta “Tribuna…”, vuelve a ofrecernos un interesante análisis de una obra de arte. En esta ocasión, el cuadro “Goya atendido por Arrieta”, en el que Francisco de Goya se autorretrata de forma magistral y dramática en 1820. Carranza examina y desmenuza la obra con la profundidad y perspicacia que lo caracterizan, desde una triple perspectiva: las características artístico‑formales del cuadro, sus densos mensajes psicológicos y (especialmente atractivo para nosotros, médicos volcados en la patología autoinmune) un minucioso análisis patográfico del protagonista.
Deteniéndonos en este último aspecto, el cuadro de Goya enfermo constituye un documento excepcional para explorar la intersección entre arte y medicina. En este autorretrato tardío, el pintor parece detener el tiempo para mirarse desde dentro, en un momento de vulnerabilidad física y emocional. La hipótesis de que, en aquella etapa de su vida, pudiera padecer un trastorno autoinmune como el síndrome de Susac (la más verosímil entre otras posibilidades diagnósticas, propuesta por primera vez por la otorrinolaringóloga estadounidense Ronna Hertzano, de la Universidad de Maryland, en 2017) aporta una sugerente dimensión interpretativa a la obra, permitiendo analizar signos, contexto y biografía desde una mirada interdisciplinar.
En efecto, el conjunto de manifestaciones del síndrome (la tríada de hipoacusia neurosensorial súbita, alteraciones visuales por isquemia retiniana y encefalopatía con delirio, alucinaciones y confusión) podría explicar el “modo de pintar” de Goya durante una fase tardía de su vida. Su expresión más conocida, las pinturas negras, surge en un periodo, entre 1819 y 1823, en el que el artista, recluido y aislado en la Quinta del Sordo, reflejaba no lo que veía, sino lo que sentía: un mundo interior delirante, desorganizado y amargo, fruto de su obligada desconexión social.

Pero no hay mal que cien años dure, y el síndrome de Susac no es una excepción. Superado aquel tétrico periodo, verdadero “catalizador emocional”, el resurgimiento del pintor (aunque ya irremediablemente sordo) lo condujo a una nueva etapa de libertad e innovación, tan genial como todas las suyas, esta vez independiente de los encargos cortesanos previos. Una etapa que lo convirtió en un claro precursor del expresionismo.
Tras esta introducción-presentación, corresponde ya al Dr. Carranza ofrecernos su análisis, tan preciso como inspirador, que ilumina expertamente esta obra desde sus múltiples ángulos.
Julio Sánchez Román
Secretario de AADEA
ARTÍCULO

Goya atendido por Arrieta es una obra realizada por Francisco de Goya en 1820, óleo sobre lienzo de 117 x 79 cm, conservada hoy en el Minneapolis Institute of Art (Estados Unidos). La pintura constituye uno de los testimonios más íntimos y conmovedores del artista, tanto por su carácter autobiográfico como por la intensidad emocional con la que está concebida.
Tras su ejecución, el cuadro permaneció inicialmente en poder del propio médico representado, Eugenio García Arrieta. Posteriormente pasó por diversas colecciones privadas en Madrid, París y Nueva York, hasta que fue adquirido en 1952 por el museo de Minneapolis.
De esta obra se conocen además dos copias realizadas por el discípulo de Goya, Asensio Julià, quien las ejecutó en el propio taller del maestro. Desparmet facilitó los datos del paradero de estas copias: una se encontraba en la colección de la señora Galardi de Quintano, en Irún, y la otra estaba en la colección Moret y Remisa, en Madrid, que se expone actualmente en el Museo de Bellas Artes de Álava.
En la parte inferior del cuadro figura esta inscripción, probablemente autógrafa, con la particular ortografía de la época: "Goya agradecido, á su amigo Arrieta: por el acierto y esmero con qe le salvo la vida en su aguda y / peligrosa enfermedad, padecida á fines del año 1819, a los setenta y tres años de su edad. Lo pinto en 1820".

El carácter de la inscripción, subrayando el agradecimiento al médico, Eugenio García Arrieta, le da a la obra un sentido casi votivo, cercano al exvoto, simbolizando el papel trascendental, que en tiempos de dificultades, tienen las personas que cuidan de nuestra salud, y anuncia el respeto y exaltación de la ciencia que serán propios de finales del s. XIX, abandonando la sátira y la crítica burda dieciochesca de los médicos (matasanos, aliados de las Parcas) que él mismo cultivara en alguno de sus Caprichos o de sus Sueños.
La figura de Arrieta es, sin embargo, poco conocida fuera de este contexto. Se sabe que nació en Cuéllar (Segovia) en 1770 y que ejerció en Madrid atendiendo a una clientela distinguida. También se ha señalado su posible relación familiar con el escritor Agustín García Arrieta. Poco después de asistir a Goya, fue enviado por el gobierno español a estudiar una epidemia, "la peste de Levante", en el norte de África, donde probablemente falleció. De forma paradójica, el anciano pintor sobrevivió varios años a su propio médico, a pesar de sus enfermedades y de ser veintitrés años mayor que él.
La enfermedad de Goya ha sido objeto de numerosos estudios. Ya en 1792 había sufrido una dolencia grave durante un viaje por Andalucía, cuando tenía cuarenta y seis años.
Fue atendido en Cádiz por su amigo Sebastián Martínez, comerciante y coleccionista de arte, en cuya casa pasó una larga convalecencia. El proceso de recuperación se prolongó casi dos años y, aunque logró superar la mayor parte de los síntomas, lo dejó sordo de forma permanente.
Los síntomas descritos (mareos, pérdida de equilibrio, zumbidos, deterioro progresivo de la audición, cefaleas y debilidad) han dado lugar a diversas hipótesis diagnósticas: desde infecciones como la sífilis hasta intoxicaciones por plomo, frecuentes entre los pintores por el uso de pigmentos, o efectos secundarios de tratamientos con quinina. Entre las interpretaciones más recientes se ha propuesto incluso el síndrome de Susac, una rara enfermedad autoinmune. En cualquier caso, su salud siguió siendo frágil durante el resto de su vida.
Para su recuperación, Goya se retiró a una casa en las afueras de Madrid, la conocida “Quinta del Sordo”, junto al río Manzanares. Allí, años después, sufriría la crisis de 1819 que motiva esta pintura, un episodio del que apenas se tendrían noticias de no ser por este testimonio pictórico, de agradecimiento al médico que le atendió y lo curó.
Poco antes de sufrir esta afección, Goya había relatado a su amigo Zapater síntomas compatibles con cuadros hipertensivos, como mareos, cefaleas, palpitaciones.
En la obra, el artista se representa a sí mismo en un estado de extrema debilidad. Aparece semiincorporado en la cama, con la cabeza caída hacia atrás, casi inconsciente, con el rostro pálido, la mirada perdida, la boca entreabierta, como si le costara un tremendo esfuerzo respirar, el cabello gris revuelto y sudoroso, y aferrándose a la sábana, en un gesto de angustia vital. La sabana le cubre hasta la cintura, y asoma por encima de la manta roja; viste un camisón blanco y un gabán gris. Es la expresión clínica de un edema agudo de pulmón y Goya nos transmiten su vivencia de la falta de la plena consciencia y del camino a la agonía, pues casi podemos oír su respiración entrecortada.
Detrás de él, Arrieta lo sostiene con firmeza, rodeándole la espalda con un brazo con ademan protector, para impedir que se desplome sobre la cama; mientras le acerca un vaso con una sustancia rojiza, quizá un brebaje para aliviar los síntomas de la enfermedad, o ¿será la digitalina que salvara al artista?, todo ello, en una actitud que combina profesionalidad y afecto. La relación entre ambos no es fría ni distante, el médico aparece como protector y amigo, implicado emocionalmente en la lucha por la vida del paciente. El médico lleva una chaqueta de intenso color verde, camisa blanca y pantalón negro.

Goya presenta aquí a su médico, no sólo como su salvador que le hace beber la medicina, sino como el amigo que le abraza y le conforta ante la presencia de la muerte”.
“Nada hay más fundamental y elemental en el quehacer médico que su relación inmediata con el enfermo, nada en ese quehacer parece ser más permanente” (Lain Entralgo. “La relación médico-enfermo”, 1964).
La disposición de las figuras recuerda composiciones tradicionales de la iconografía religiosa, especialmente el tema de la Piedad, aunque aquí reinterpretado en clave laica. Esta lectura enlaza con otras obras de Goya en las que traslada esquemas religiosos al ámbito cotidiano, dotándolos de un nuevo significado humano.
En el fondo del cuadro se distinguen varias figuras apenas definidas, envueltas en la penumbra. Su interpretación ha sido muy discutida: podrían representar familiares o asistentes, pero también se han identificado con las Parcas de la mitología clásica, símbolo del destino y de la vida que se extingue. Su presencia introduce un componente inquietante y casi onírico, en contraste con el realismo casi clínico de las figuras principales.


En conjunto, la obra no solo documenta un episodio biográfico, sino que reflexiona sobre la fragilidad de la vida, la cercanía de la muerte y el papel esencial del cuidado médico. Goya ofrece aquí una imagen profundamente humana de la enfermedad, en la que el sufrimiento, el miedo y la esperanza quedan plasmados con una sinceridad poco común en la pintura de su tiempo.


