CARTA QUE ESCRIBIÓ UN MÉDICO CRISTIANO, QUE ESTABA CURANDO EN ANTIBERI, A UN CARDENAL DE ROMA, SOBRE LA BEBIDA DEL CAHUÉ O CAFÉ

“…Yo te daré, una cosa que yo solo sé: ¡Café!” Era el estribillo que Paquita Robles Labastina (“La Pitusilla”) había popularizado en 1931 en una grabación orquestada por el maestro Ramón Aramburu. Tan popular fue, que sus ecos llegaron hasta Rusia entonados machaconamente por los más de tres mil “niños de la guerra” de la zona republicana enviados hasta allí en 1937. Ese pegadizo estribillo, aseguran, llegó a oídos del compositor Dimitri Shostakovich, que lo integró en su bellísimo Vals nº 2 de la Suite Jazz nº 2 (para los no muy melómanos, pero cinéfilos, forma parte de la intrigante Eyes Wide Shut, dirigida por Stanley Kubrick e interpretada por Nicole Kidman y Tom Cruise). Esta es solo una de las muchas anécdotas que rodean al café, desde su errónea denominación de Coffee arabica por Linneo —ya que su origen primordial fue Abisinia (la actual Etiopía)— como exponía en una reciente y magnífica conferencia el profesor y académico Valdés Castrillón (de la que extraigo gran parte de los datos que siguen). De allí procede la leyenda (no es la única) de Kaldi, el pastor que, hacia el siglo IX, notó que sus cabras saltaban como locas cuando comían ciertas bayas.

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