PRESENTACIÓN

Hallazgo del sepulcro de San Isidoro, en Sevilla
"SAN ISIDORO: EL SANTO Y PROTOERUDITO MÉDICO‑FARMACÉUTICO QUE SEVILLA PERDIÓ"
El profesor Joaquín Herrera, bien conocido en estas páginas, es además de doctor en Farmacia un notable historiador. San Isidoro —cuya influencia en la medicina medieval fue decisiva— ha sido uno de los focos preferentes de sus investigaciones. En esta ocasión nos ofrece un interesantísimo artículo: La medicina y la farmacia en las Etimologías de San Isidoro de Sevilla.
San Isidoro de Sevilla, santo, obispo y erudito sevillano —aunque probablemente nacido en Cartagena— fue enterrado en Sevilla en el año 636. Más de cuatro siglos después, en 1063, sus restos fueron trasladados a León en el marco de esos muy extendidos “trapicheos de reliquias” propios de la Edad Media, destinados a incrementar el prestigio de iglesias y monasterios. Recordemos el afán recolector, ya en época posterior, del rey San Luis de Francia con su Sainte Chapelle, o el de los Médici en la sacristía de San Lorenzo.
Cuando Fernando I de León y la reina Sancha decidieron engrandecer la antigua iglesia de San Juan Bautista, enviaron una embajada al rey de la taifa de Sevilla, Al‑Mu‘taḍid (padre del más conocido Al‑Mu‘tamid), encabezada por el obispo Alvito. Su pretensión era obtener las reliquias de Santa Justa —o de Justa y Rufina, según otras crónicas—, pero los restos no aparecían. Al‑Mu‘taḍid, poco impresionado por las disputas cristianas, ofreció en sustitución “otro santo que tenemos por aquí, un tal Isidoro”.
Las crónicas, más idealizadas, cuentan que Alvito tuvo una visión en la que el propio San Isidoro le reveló el lugar de su sepulcro. Y así, en una necrópolis visigoda cercana a Santiponce, encontraron el cuerpo (véase Ariel Guiance, Dormivit Beatus Isidorus…, Edad Media. Revista de Historia, 6, 2003–2004, pp. 35–59).
Sea como fuere, los restos acabaron en una magnífica urna en la basílica leonesa que desde entonces lleva su nombre. Ya saben: “desnudar a un santo para vestir a otro”.
Las tribulaciones del cuerpo no terminaron ahí. Durante la Guerra de la Independencia, la basílica y el Panteón Real fueron salvajemente saqueados por las tropas francesas. Mientras los restos de los reyes de León quedaron esparcidos y revueltos por el suelo, los del santo se salvaron por chiripa: los soldados se conformaron con arrancar las joyas de la urna y dejaron el cuerpo intacto. ¿Milagro? Chi lo sa.
Con el tiempo, Sevilla no asimiló bien el traslado de “su” santo. Tradiciones tardías (siglos XIV–XV) hablan de “dolor de la ciudad” o de “traslado injusto”, interpretándolo como una pérdida para la sede hispalense y como merma de su prestigio espiritual. En 1301, por iniciativa de Guzmán el Bueno y su esposa María Alonso Coronel, se erigió el Monasterio de San Isidoro del Campo en el entorno donde se halló su sepulcro, consolidando un centro de culto isidoriano. Y, ya dentro del núcleo urbano, a mediados del siglo XIV se levantó la parroquia de San Isidoro, que terminó funcionando como evocación del “santo perdido”.

Mis recuerdos de adolescencia están curiosamente ligados a su memoria. Día tras día, durante mis años de bachillerato en el Instituto San Isidoro de Sevilla, pasaba bajo esta frase inscrita en su puerta trasera: Doctrina sine vita arrogantem reddit, vita sine doctrina inutilem facit, tomada —más o menos fielmente— de las Sententiae del propio santo.
Más adelante, en mi época de “aprendiz de brujo”, hice mi primera aproximación práctica a la Medicina en aquella vetusta sala regida por la cátedra de Patología General del Hospital de las Cinco Llagas (un recuerdo para mis primeros e inolvidables maestros Luis García Hernández, Emilio Molina e Isaac Mateos). Su nombre, seguro lo adivinan: San Isidoro.
Pero volvamos al protagonista de la historia. Melius est pauca utilia nosse quam multa superflua —en castizo: dejémonos de tonterías y vayamos a lo esencial—, sentencia atribuida al propio Isidoro. Tiene la palabra el profesor Joaquín Herrera.
Julio Sánchez Román
Secretario de AADEA
ARTÍCULO

INTRODUCCIÓN
En la figura universal de San Isidoro de Sevilla concurren dos trayectorias vitales, definitorias de una dedicación vocacional muy dirigida a la labor constante educadora y pedagógica: 1) la del personaje eclesiástico creador de escuela, escritor de interpretaciones teológicas, arzobispo de Sevilla por largos años y Doctor de la Iglesia; y 2) la del intelectual, pensador, erudito y sabio, recopilador del conjunto de conocimientos heredados del esplendor grecolatino de la Antigüedad clásica ("progresar es crecer en el conocimiento"). En realidad, dos trayectorias que se funden en una única rica personalidad, rancia en sabiduría, cuya huella persistió durante la Edad Media y su pervivencia intelectual global llega hasta nuestros días. Es justamente en su faceta intelectual, versada y culta, cuando aparece su estudio sobre la medicina, la farmacia, la salud y la enfermedad.
LAS ETIMOLOGÍAS.
Representa la cúspide del saber enciclopédico medieval. En vida de San Isidoro, la distribución de las Etimologías en veinte libros de la época la realizó su discípulo y amigo Braulio de Zaragoza, santo también. En el cuadro adjunto se muestran los veinte libros (en realidad capítulos, en la actualidad), siguiendo la edición de la Biblioteca de Autores Cristianos, 2009 (véase bibliografía):

Muchos autores de todos los tiempos han valorado la auténtica aportación de las Etimologías al conocimiento científico altomedieval. Como ejemplo la consideración de Julián Marías:
“La figura capital de este tiempo es San Isidoro de Sevilla, que vivió entre los siglos VI y VII. Aparte de otras obras (...), compuso los 20 libros de sus Etimologías, verdadera enciclopedia de su tiempo, que no se limita a las siete artes liberales, sino que abarca todos los conocimientos religiosos, históricos, científicos, médicos, técnicos y de simple información que pudo compilar. La aportación (...), al fondo común del saber medieval es de las más considerables de su época”.
LIBRO IV DE LAS ETIMOLOGÍAS: DE LA MEDICINA.
Dicho libro IV, que reza por título De la medicina, a su vez, ofrece el siguiente mosaico de subdivisiones o apartados:

A continuación se exponen algunos comentarios sobre los puntos sobresalientes de la obra isidoriana.
Sobre la medicina, su nombre y sus inventores (puntos 1, 2 y 3). Según Isidoro, la salud se define: Integritas corporis et temparancia naturae. Y, en este sentido, afirma que la medicina es la ciencia que protege o restaura la salud del cuerpo, y su campo de acción lo encuentra en las enfermedades y heridas. Además del papel del médico y los remedios que procura son importantes en este cometido la comida, la bebida, el vestido y el abrigo, para la defensa y protección. Su nombre (medicina) deriva de medida, es decir de moderación. Con lo comedido se siente placer. Y ofrece un buen consejo: de modo que quienes beben, en exceso o con asiduidad, pócimas y antídotos, suelen padecer enfermedades. Sobre los inventores de la medicina, toma en consideración a Apolo, Esculapio e Hipócrates. Apolo es el autor y descubridor de las artes médicas y su hijo Esculapio la desarrolló con una dedicación digna de encomio. Después de la muerte de Esculapio, la ciencia pereció al igual que su artífice. Después, "sacóla de nuevo a la luz Hipócrates, descendiente de Esculapio".
Sobre las dolencias agudas (punto extenso). La enfermedad aguda se pasa pronto o te mata en seguida, como la pleuresía o el frenesí. Isidoro utiliza numerosos términos propios de la medicina, tales como el siguiente muestrario:

Sobre las dolencias crónicas (uno de los puntos más extenso). Se llama crónica la enfermedad que dura largo tiempo, como la podagra y la tisis. Al igual que en el apartado anterior, Isidoro, describe numerosos términos médicos (resumen):

Según el sabio hispalense, tres misiones, cuando la enfermedad se hace presente:
*Anamnesis: estudiar el pasado del enfermo. Praeterita agnocere.
*Dianóstico: conocer el presente. Praesentia scire.
*Pronóstico: predecir el futuro. Futura praevidere.
Enfermedades que aparecen en la superficie del cuerpo (punto 8). Este es uno de los apartados de mayor interés y que ha sido objeto de estudios concienzudos, no en vano la piel es el órgano más extenso del cuerpo humano y muchas de sus alteraciones patológicas se visualizan, como es lógico, externamente. Así el profesor García Pérez pronunció, en la sesión del día 20 de febrero de 2001, de la Real Academia de Medicina, su discurso de ingreso, como académico numerario, con el título De morbis qui in superficie corporis videntur (San Isidoro de Sevilla, año 621): Primer texto de Dermatología en España. En el resumen del mismo expone que se trata del "primer texto dedicado específicamente a la Dermatología en Europa. A su vez, según el plan general de la obra, que incluye cada término con su origen y su definición, el libro IV (De medicine) sería el más antiguo diccionario terminológico médico que se conoce".
Sobre los remedios y las medicinas (punto 9). Primero manifiesta una declaración solemne de fe en los medicamentos: "No han de rechazarse los remedios medicinales, ya que sabemos que Isaías le dio una medicina a Ezequías, que se encontraba enfermo, y que el apóstol Pablo le dijo a Timoteo que un poco de vino es saludable".
Es en esta parte donde Isidoro traza los tres procedimientos disponibles para la curación de las enfermedades:

El orden que establece, según el tipo de enfermedad, es: primero, el dietético; segundo, el farmacéutico, y el tercero, el quirúrgico, pues, cuando no se experimenta reacción ante el remedio de los fármacos, es preciso operar con el bisturí. Después de más de mil quinientos años no andaba muy descaminado el santo hispalense.
Da cuenta, en el tema de la farmacia, que la más antigua medicina utilizaba solamente hierbas y jugos de plantas. Así empezó la práctica médica a la que se incorporaría después el empleo de la lanceta y de medicamentos de todo tipo. Información que habla a las claras de las dotes de observación y puesta al día de sus conocimientos científicos en materia del arte de la cura. Y, como ejemplo, la aplicación de los apósitos: "redondo a una herida redonda o alargado, si ésta es alargada; y es que el vendaje no es idéntico para todos los miembros y heridas, sino que cada uno debe guardar similitud con el lugar en que se aplica".
Ahora bien, lo que llama poderosamente la atención es su finura científica para identificar los medicamentos: todos los medicamentos reciben sus nombres de los componentes que los integran. En la actualidad, salvando los más de mil quinientos años que nos separan de su figura, en un medicamento, la responsabilidad de la acción farmacológica y, por tanto, de la respuesta terapéutica, es el principio activo (o los principios activos, en su caso), es decir, la molécula (o las moléculas, en su caso).
Para la posteridad, Isidoro, nos ha legado, en este contexto, algunos de los siguientes términos farmacéuticos (medicamentos y formas galénicas o farmacéuticas):

Todo lo anterior se asemeja, quiero entender, a un antecedente remoto de los manuales de Farmacia Galénica, aunque escrito en el siglo VII, de autoría isidoriana. A este respecto, él mismo describe algunos procedimientos de preparación (laboratorio), como, por ejemplo, la malagma (sinapismo), porque se macera y se asimila sin necesidad del fuego (parece extraído de un manual de procedimientos).
Sobre los libros de medicina (punto 10). En esta parte del discurso isidoriano sobre la medicina abre dos frentes: 1) el que se puede considerar genuino médico; y 2) continuación del farmacéutico (o farmacológico). Dice, con relación al primero, que pronóstico es la conjetura sobre las enfermedades, y recibe su nombre de praenoscere (conocer de antemano). Resulta muy conveniente que el médico conozca el pasado y sepa el presente para prever el futuro. Hoy es la historia clínica personal del enfermo.
En el segundo recoge, de nuevo, la necesidad del conocimiento adecuado de las plantas medicinales: "dinamidia (eficacia) es el poder de las hierbas, es decir, su virtud y sus posibilidades", que, para nosotros, no es otra cosa que su acción y aplicación. Veamos: "En los tratamientos con hierbas, su virtud se llama dynamis", concepto que se manejaba ya, al parecer, en la medicina romana. "De ahí que llamen dinamidia a los libros en que se recogen sus propiedades medicinales". Y:"Botánico herbario es aquel en que se catalogan las plantas".

Al parecer, Isidoro es quien propuso la voz dinamidia para definir las cualidades y posibilidades de ciertas especies vegetales, frecuentándose esta terminología en los siglos posteriores: "Se cree que San Isidoro ideó la palabra dinamidia para evitar el uso del término teológico 'virus' para los objetos inanimados" (Guerrino, consultar bibliografía). Fármaco-dinamia es un término científico y académico actual.
Sí procede, en este contexto descriptivo de las nociones farmacéuticas isidorianas, una referencia somera a las boticas monásticas. Desde aquella Antigüedad Tardía (el tiempo de Isidoro), progresivamente los monjes boticarios o herbolarios, metódicamente a lo largo de la Edad Media, fueron desarrollando un modus operandi propio, que garantizaba el cuidado primoroso de la parcela del huerto monacal destinado al cultivo de las plantas medicinales; también, lógico, la selección esmerada, la recolección (fundamental el momento justo y sujeta a ritos e invocaciones), la preparación primaria (corteza, tallo, hojas, inflorescencias, raíces, bulbos, etc.), la extracción del contenido (la virtud), es decir, la elaboración, según arte y técnica, de los extractos medicinales, simples y compuestos (las pócimas). Una vez confeccionado se guardaban en el pocionario, próximo al laboratorio con sus retortas, alambiques, recipientes, vasijas, orzas, morteros, almireces, etc. Y, una dedicación singular: la redacción, en el scriptorium, de los formularios (libros), fruto de la experiencia cotidiana transmitida, dignos de la más alta escuela práctica de enseñanza (dibujos y miniaturas) de la Botica y botánico herbario, que recomendaba Isidoro. Las fuentes principales: Hipócrates, Galeno, Dioscórides, Plinio, Celso e Isidoro.
Las plantas medicinales, que aún forman parte del arsenal terapéutico de hoy, han significado, a lo largo de todos los tiempos, un caudal inagotable de materia prima farmacológica y una fuente riquísima de conocimientos, fruto de la observación paciente y el estudio sereno por parte de los hombres de ciencias interesados en la medicina. Incluso en la Biblia encontramos oportunas y acertadas citas sobre ellas y la misión del médico y del farmacéutico. Así del Eclesiástico: 1) "El Señor hizo brotar de la tierra las plantas medicinales y el hombre prudente (sensato) no las desprecia" (versículo 4); y 2) "Con estos remedios el médico cura y quita el dolor, y el farmacéutico prepara sus ungüentos" (versículo 7).
En la edición de las Etimologías (BAC, 2009), que se toma como referencia constante en el presente trabajo, el index botanicus (índice botánico) registra más de quinientos (500) términos relacionados con la ciencia botánica, estudiada desde los albores de la humanidad, lo que reafirma el amplísimo espectro de conocimientos del docto sabio hispalense. Después de cinco siglos del gaditano Lucio Columela (siglo I dC), primer 'botánico' andaluz del que se tiene constancia escrita, aparece la figura gigante de Isidoro en este campo del saber.
Y una evidencia más de hasta dónde llega el instruido Isidoro. Elijo la recolección detallada de la materia prima de la escamonea (scammonia), "a la que los latinos denominan acridium, es una planta llena de jugo que se recoge cavando al pie de la raíz: se hace un hoyo redondo y, colocando bajo la raíz una cazoleta u hojas de nogal, se recoge en ellas la savia, retirándolas cuando se haya agotado. La más apreciada suele venir de Misia, en Asia. Hay otra diferente y falsa, procedente de Siria o de Judea" (libro XVII, punto Hierbas aromáticas o comunes). Es fácil comprobar, igualmente, sus conocimientos de geobotánica y siempre atento a las posibles falsificaciones (en lenguaje actual "que no nos den gato por libre").
De los instrumentos médicos (punto 11). Aquí también Isidoro delimita dos áreas: 1) la quirúrgica; y 2) la farmacéutica. Los instrumentos quirúrgicos que documenta son, entre otros:
Del quehacer farmacéutico, Isidoro, continúa con sus explicaciones sobre algunas operaciones farmacéuticas de elaboración de los preparados, dando cuenta, al mismo tiempo, de los dispositivos e instrumentos de laboratorio imprescindibles para la elaboración:

Sobre los perfumes y ungüentos (punto 12). Cuestión, lógicamente, muy relacionado con las operaciones farmacéuticas básicas. Los términos usados son los que se indican:

Se detiene en la explicación del ungüento (todo lo que se fabrica de óleo común mezclado con otras sustancias) y sus clases. Inmejorable la apreciación del documentadísimo sabio: todos los ungüentos se extraen de las flores. Los clasifica en simples y compuestos. Los simples con una única materia básica y el olor que exhalan corresponde a su nombre, como el anetino (óleo y aneto), rosáceo (de la rosa), el ciprino, extraído de la flor llamada cypros; los compuestos, se preparan con diversas mixturas y no desprenden un olor determinado.
Da a conocer que se elaboran ungüentos (pomadas) que reciben el nombre según su lugar de origen, como el telino, que recuerda a Julio César cuando dice: "ungimos su cuerpo con el suave telino". Se fabricaba en la isla de Telo.
Otros, en cambio, se bautizan con el nombre del inventor, como el amaracino. Y narra una bonita fábula: "Cuentan que un cierto principito llamado Amaraco, mientras transportaba una serie de muy diferentes ungüentos, resbaló, y en caída, al mezclarse los ungüentos, resultó un perfume mucho más oloroso. De ahí que hoy día a los mejores perfumes se les denomine amaracinos".
En otro lugar del compendio enciclopédico (punto 7 del libro XX) deja constancia detallada del recipiente adecuado para los ungüentos: "El alabastrum es una vasija para conservar ungüento; recibe su nombre de la piedra con que está fabricada, llamada alabastro, y que conserva los ungüentos sin que éstos se corrompan. Las pyxides son pomos para ungüentos; están fabricados en boj. (...). La lenticula es también un pomo para ungüentos, fabricado en cobre o en plata; su nombre deriva de linire (ungir), pues con él se ungían los reyes y los sacerdotes".
De estas materias del libro IV, en los que el maestro Isidoro, quien, por cierto, no era médico, trata sobre aspectos científicos y técnicos, inherentes a su época, merece interés enfatizar, entiendo, sobre los conocimientos más farmacéuticos de nuestro personaje, siempre con una doble mirada: 1) dirigida a la enseñanza y aprendizaje por parte de los monjes ávidos de conocimientos, prácticos sobre todo; y 2) por ello, conocimientos aplicados al ejercicio de la praxis médica. Veamos otro ejemplo de lo que enseña Isidoro:
Explica la elaboración de los jarabes (pigmenta), que por "manejarse en la pila (mortero) y en el pilum (almirez) reciben este nombre, que viene a ser como piligmenta". Del mortero refiere que es una especie de vaso cóncavo muy útil para los menesteres médicos, porque en él se preparan las tisanas y, además, en el mortero se reducen a polvo las semillas con las que se embalsamaban los muertos. Y, llega aún más lejos en sus recomendaciones farmacéuticas. En efecto: cuando se refiere a coticula (mortero pequeño), donde se disuelven los colirios dándoles vueltas, y "será de material blando, pues, de lo contrario, más que disolver el colirio puede quebrarlo".
OTRAS CUESTIONES MÉDICAS Y FARMACÉUTICAS TRATADAS EN LAS ETIMOLOGÍAS.
Isidoro, también nos habla de la vida sana, De la comida (libro XX, punto 2), "pues el cuerpo no puede subsistir si no se le proporcionan fuerzas con los alimentos. Y es que alimento es aquello con que nos alimentamos; alimonium es el cuidado de alimentarnos". Nos recuerda que, en su época, "la simple comida consta de dos elementos necesarios -el pan y el vino- y otros dos superfluos, que son todas aquellas cosas que, para alimentarse, se buscan en la tierra y en el mar".
En otros lugares de su producción científica, en el contexto de las Etimologías, se localizan más aportaciones reconocibles acerca de la botica y las fórmulas farmacéuticas curativas (libro XVII, De la agricultura, puntos 8 y 9, Árboles aromáticos e Hierbas aromáticas). De esta suerte, por ejemplo, cuando se refiere al limonero (medica arbor): "kedrómelon, para los griegos, y citria, para los latinos, porque su fruto y sus hojas expanden un olor de cedro; su fruta es un antídoto contra los venenos". Del mirto (myrice), reconoce que los libros de medicina enseñan que este árbol es apropiado a numerosas necesidades de las mujeres. Del euforbio (euphorbium) es así llamado porque su savia aguza la visión de los ojos.
Del libro XVI (De las piedras y los metales), extraemos: "con el nitro (nitrum), cuya naturaleza es muy parecida a la sal, tiene las mismas propiedades que ésta y se produce de igual manera, por secarse en los litorales blanquecinos, se elaboran medicinas y se lavan las manchas de los cuerpos y los vestidos" (punto Sobre los productos térreos procedentes del agua). Hay, prosigue, además, otras muchas piedras apropiadas para usos medicinales, en forma de droga o pomada; la más importante es el etesius (entrada Piedras relevantes). En el mismo punto último revela con todo lujo de detalles: "la dyonisias es una piedra de color obscuro y moteada de pintas rojizas. Se llama así porque si, machacada, se mezcla con agua, ésta adquiere el olor del vino y, lo que es más admirable, sirve de remedio contra la embriaguez".

En la anterior reseña, Isidoro, da buena cuenta de los siguientes pasos: 1) identificación de la materia prima (la piedra dyonisias), por sus características singulares externas (color obscuro y moteada de pintas rojas); 2) una operación farmacéutica, la pulverización (se machaca); 3) una identificación química organoléptica de confirmación (olor de vino); y 4) la aplicación contra la embriaguez.
Ahora bien, como desde tiempos inmemoriales la picaresca se ha hecho siempre presente, Isidoro advierte con autoridad: "La pimienta es liviana cuando es antigua; en cambio, si pesa, es nueva. Hay que evitar el engaño de los mercaderes, que suelen esparcir litargirio o plomo (denota un gran conocimiento de la materia) sobre la pimienta muy vieja, después de humedecerla, para que gane en peso".
Y, en este mismo proceder, del árbol del bálsamo asevera que "destila una resina (gomorresina) de extraordinario olor que se adultera mezclándola con aceite de Chipre o con miel. Pero puede comprobarse que no está mezclado con miel si se coagula con leche; y que está libre de aceite si, echándole o añadiéndole agua, se disolviera fácilmente; y también si se comprueba que no mancha los vestidos de lanas. En cambio, si está adulterada, no se coagula con la leche, flota en el agua como si fuera aceite y mancha los vestidos" (punto 8, Árboles aromáticos). Aquí, Isidoro, relata unos fenómenos que se relacionan, incluso, con la base de los procesos fisicoquímicos de las reacciones entre las sustancias.
De las aguas, es muy difícil resistirse a exponer el bellísimo canto que dedica Isidoro al principio esencial de la vida en nuestro planeta (punto 12 del libro Del mundo y sus partes): "Hay dos elementos fundamentalísimos para la vida humana: el fuego y el agua.(...). El elemento acuático supera a todos los demás: las aguas atemperan el cielo, fecundan la tierra, se incorporan al aire cuando se evaporan, ascienden a las alturas y toman posesión del cielo. ¿Qué hay más maravilloso que las aguas que ocupan el cielo? Pero no es lo más admirable que se remonten a las alturas; es que, además, se llevan consigo bancos de peces; esparcidas por la tierra, son causa de todo cuanto nace: dan vida a las cosechas, propagan los árboles, los frutales y las hierbas, lavan manchas, limpian los pecados, proporcionan bebida a todos los seres animados".
Sobre la diversidad de las aguas, nos ilustra acerca la disparidad de la naturaleza de las aguas y sus posibles aplicaciones sanitarias: unas tienen sal; otras, nitro; otras, alumbre; otras, azufre; otras son bituminosas; y las hay que sirven de remedio a las enfermedades. Así, cerca de Roma, las aguas de Albula sanan las heridas. En Italia, la fuente de Cicerón cura las heridas de los ojos, etc.
En fin, para terminar, ¿qué decir de los antecedentes remotos de la anestesia y los anestésicos que revolucionaron la cirugía? He aquí lo que sabe Isidoro y enseña para general conocimiento: "la corteza de mandrágora, mezclada con vino, se da a beber a aquellos cuyo cuerpo es preciso intervenir quirúrgicamente, a fin de que, sumidos en el sopor, no sientan el dolor de la operación". Alude, por tanto, a un vino de mandrágora, como preparado farmacéutico.
A MODO DE CONCLUSIÓN
En el presente trabajo hemos intentado exponer una visión general, aunque limitada, de conocimientos sanitarios del Doctor Isidoro de Sevilla, contenidos en el libro IV (De la medicina) de las Etimologías, un libro, por cierto, que está considerado por muchos autores como el primer diccionario enciclopédico médico de la historia de Occidente, aunque también las cuestiones farmacéuticas se localizan en otros libros de la magna obra. Si hacemos una extrapolación al conjunto de los 20 libros de las Etimologías, la creación isidoriana es sencillamente asombrosa y nos deja un tanto perplejos en cuanto a su capacidad de síntesis y concreción en la amplitud de los temas abordados. La herencia científica de los conocimientos universales que la Edad Media recibió.
BIBLIOGRAFÍA.
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